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CRÓNICAS

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El debate es extenso.

Las maquinas risueñas de la imaginación, las neofeministas, calzan el estandarte barroco de los críticos antisistema.

El sentido común es autoritario. Muera el patriarcado. Viva la nueva sexualidad. La trivia es efusión de un modelo futurista igualitario.

La batalla principal se gesta en las postrimerías etílicas. El problema teórico es desconocimiento de los antecedentes. No las fabulas hebreas, egipcias y mesoamericana. El sentido del grupo y la convicción del clan condenan a la herencia de la jerarquía generacional.

Por aullidos se guía la patria, la presunción de una retórica subversiva. Abortar al macho opresor, el ideario es la reformulación de realidades por encima de la razón. Grupos de choque en simulacro ininterrumpido de la melancolía. Si ellas son manada, la loba alfa las domina. Estructura piramidal, no igualitaria, es la primera contradicción de sus tentaciones subyacentes.

El capitalismo también es patriarcado. ¿El Socialismo queda exento? ¿La anarquía es el nirvana de la cultura pop del siglo XXI?

No hay marcha o movimiento social, ciego y sordo, a las necesidades de quienes busquen audiencia, incluye las venas primitivas del neofeminismo. Sin sangre o carne, el andamiaje montado sucumbe. La desintegración del individuo incluye también alfabeto alterno: así en triunfanda, no es triunfo, la expresión totémica de la intolerancia.

Aguanta hermana, aquí está tu manada.

Tuvimos la necesidad de llenar la plaza del Chorro y la de la Luz con la imagen del abusador. El cartel pegado con engrudo y diseñado en alta resolución. En una semana lo logramos. Hasta los señalamientos viales: ovary gang. Ese intento perverso de fotógrafo quedo expuesto. Su manera de maquinar aprovechar de las mujeres alcoholizadas o en estados alternados.

En asamblea discutimos la posibilidad de encontrarlo en la calle y someterlo a juicio público. Llevarlo atado en una camioneta cerrada. Nadie va a dudar de la integridad de las mujeres si te ven manejando una van.

Castrarlo físicamente, drogarlo y dejarlo inconciente en las laderas del río Santa Catarina, agarrarlo a batazos sugirió nuestra educadora sexual.

De alguna manera debe entender. Esos machos con hijos regados. Sin manutención. Aun así esperan convivencia con sus críos. De ninguna manera. Debemos terminar tajantes con los siglos de opresión. El poder de la mujer no es solo paridad. Es ir por encima del cincuenta por ciento. Presidir las naciones. Permitir los derechos de determinación de los cuerpos. Erradicar los confesionarios de nuestros genitales.

Permitir la salud femenina garantizada. Cárcel para quienes en la vía pública chifle, diga piropos y nos mire de manera deshonesta.

Le encontramos en el bar delirando. Con sus propuestas de izquierda radical listas para iniciar la revolución en las calles. Entre sus oyentes, dos novicias de punks completamente anonadadas.

Reviví mi historia personal con él. Tantas mañas aprendidas. Sobreviví a la ciudad gracias a sus cuidados. Era una extraña capitalina en busca de almas afines. En este mismo bar me abordó. Bebimos de la misma botella. Compartimos el cigarro de mariguana. Lo lleve a casa para continuar charlando.

Amanecí a su lado desnuda. Con dolor de cabeza tan intenso. Las piernas mordidas y los pechos con cardenales vivos. Recuerdo hasta cierta hora. Perdí la brújula de orientación de los pensamientos.

Algo de mi estaba dañado y también agradecido. Salimos al OXXO. Lo atracamos llenando los bolsillos de sus pantalones deslavados. Queso, tortillas, salchichas y un par de chocolates. Solo compramos el refresco de ponche. Impresionante bufete gastronómico para dos nuevos compañeros.

Consiguió información de grupos de choque. Nos lanzamos como globalifóbicos a Guadalajara. Nos detuvieron. Pasamos casi seis meses en Puente Grande. Hasta la firma de libertad condicional y de jamás regresar a Jalisco por nada del mundo.

La sangre de nuestras heridas selló sus desplantes. Continuaba a la caza de nuevas aprendices. Llegó oliendo a sexo muchas ocasiones. El perdón es una mancha de la conciencia. Pedía nuevas suertes en cama. Complacido hasta perder la conciencia, decidí dar por terminadas nuestras relaciones sentimentales.

Lo extraño mucho en ocasiones. Sus frases de cariño, la camaradería en los momentos difíciles. Convivir en lo poco. Rascarnos con las uñas y caminar por horas sin cansar los pies o el alma.

La Asamblea Ovary Gang está por encima de nuestros intereses personales. Si nos tocan a una, nos agreden a todas. Va a entenderlo hoy a la salida del bar. Con mis hermanas de sangre, de copa menstrual, la sororidad nos une frente al patriarcado. Yo también aborté a mi macho.

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Desde lo alto de la torre de agua en la Fama II, el ermitaño observa siempre a los vecinos con sus prisas. Desde las cuatro de la mañana esperando los camiones de ruta al centro de Monterrey. Los cabellos mojados las damas, olorosas a perfumes de imitación. Los caballeros con la comida envuelta en papel estraza, listos para la talacha en la obra.

La pandemia es algo nuevo. En su espacio interior, ni los técnicos de Agua y Drenaje suben para dar mantenimiento al contenedor. No la conoce, tampoco la ha oído nombrar. Hasta cuando pasó en el cielo del área metropolitana el helicóptero de Protección Civil con el altoparlante activado.

-Quédense en casa, no son vacaciones- estamos en marzo lo dice la inclinación del sol. Aún nos falta para la semana santa.

Es el castillo de ambas realidades. De la modernidad y la contemplación. Solo necesito muy poco de alimento. Para eso coloque una soga y llega hasta el piso. Tiro de la cuerda y va subiendo mi alimento. Defeco al aire libre por la noche. Cuando la paz de los vecinos se acuartelan. Orinar, en cualquier momento. Dando la espalda a la Huasteca.

-Muy raro, nadie me ha traído de comer, incluyendo a la niña con cara de perro y cuerpo de pecado. Tampoco huele los desechos de Protexa. No ha cambiado lo gris del cielo. Las pedreras deben continuar trabajando.

Puede ser un sabotaje. Los fierreros con sus camionetas o los carretones de basura no han pasado en días.

Seguramente los vecinos acaparan los desperdicios, los van a convertir en composta. Habrán escuchado del reciclaje. Mi lucha triunfará. Eso es seguro. Desde el exilio silencioso, mi decálogo de nuevas maneras para la supervivencia contra el cambio climático es ya una realidad.

Destapó la llave de emergencia del contendedor de agua de la FAMA II y dio tragos de alegría.

Otra vez el zancudo del helicóptero de Protección Civil le pasó por la cabeza. Con una cuerda desde el aire le deslizaron una cubeta, varios cubrebocas, un paquete de cuatro rollos de papel de baño, guantes de latex, cloro y desinfectante, con jabón Rosa Venus en presentación familiar.

Con el altoparlante le recordaron lavar las manos cada hora. Es una obligación del gobierno del Estado. Obedezca y quédese en su casa. En tu opinión, el tanque no solo era tu casa, sino el refugio de y para todos.

Estarías dispuesto a prestar las escaleras y hasta el lado sur del tanque a todos aquellos desplazados.

La niña con cara de perro y cuerpo de pecado pasó a llevarte las sobras de varias comidas. Jaló de la cuerda. Con el tirón te asomaste. En la duermevela de la tarde, después de varios días sin alimento, solo agua de tanque, las tripas pegadas al esternón exige alimento.

Era perfecta, desde tu cielo, verla cubierta del rostro. El contorno mágico de las caderas y la sobriedad de sus pechos norteños.

-Señor ermitaño, señor ermitaño, aquí le manda mi mamá comida. Aproveche para no dejar nada. Quien sabe cuando volvamos a salir. Hay un virus en todo el mundo. Dicen llegó de China. Yo no le entiendo mucho. Ya se acabó la escuela, los camiones los suspendieron por horarios. Las cantinas están cerradas. Dejaron de producir cerveza. No venden en las tiendas a los menores de edad. En las calles no se puede andar sin cubrebocas. Cerraron hasta las iglesias. La contaminación trae consigo las enfermedades respiratorias. Toda el área metropolitana el promedio de sobrevida es menos cinco.

-Muchos están muriendo. No hay inyección ni vacuna para evitar el contagio. En las salas de espera del Seguro Social no te atienden en urgencias. Ya terminé la preparatoria. La graduación fue en línea. El examen de selección para entrar en la Universidad también por internet.

Te hablo tan rápido y de tantas materias. Es imposible entender a bote pronto.

-La pandemia llegará muy pronto. Tenga mucho cuidado. Desde la ventana de casa lo veo todo el día. Usted es una especie de santo de los últimos días.

Esa manera de verte es todo un éxito. La primera convertida sin la necesidad de ropa de marca, peinados extrafalarios, cirugías para realzar los pobres atributos o para eliminar. Revivió la memoria de tus clases de docente en el ITESM, cuando no soportaste más la impertinencia de los alumnos.

Las vaciladas a tus costillas. El negro historial de los negocios de sus progenitores. La enfermedad y la muerte no distinguen clases sociales. Esa niña de cara de perro con nasabuco y cuerpo de pecado propaga la melodía del apocalipsis. El horror y la falta de aire, la infelicidad en el zénit de la Huasteca.

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Arriba de la aeronave el sigilo de las miradas cruzadas.

Cada uno de los pasajeros toma su asiento. Es todo un lujo viajar en avión. Solo unos pocos, los ejecutivos y las familias con capital constante, lo hacen para evitar la central de autobuses o la lentísima formula del regiomontano, el tren con salida de Monterrey a las 18 horas y llegada a las 9 de la mañana del día siguiente.

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Despertó adolorido en un cuarto del Zambrano Hellion. Dos días inconscientes. Sedado con el apoyo de los mejores médicos del norte del país. Valió verga, pensó.

-¿Dónde chingados estoy?, el pulso acelerado detonó en la estación de auxilio. Llegaron las enfermeras a tranquilizar al ingresado. El médico residente le pidió paciencia para explicar cada uno de los detalles.

Del accidente en la frontera del centrito de San Pedro. Entró también el principal de sus guaruras. En la nebulosa de la memoria, la fiesta en el bar. El poder del house music.

Cada ida al sanitario para aspirar la cocaína de tu confianza. Lavada y con sabor a coco. Al trópico como tu casa en Miami, la fortaleza de cristal donde te recluyes cada depresión.

Vodka raspberry absolut, cocaína y el grupo de amigas de tu novia.

-Pudimos evitar las fotografías del Ferrari, fue pérdida total el auto. El seguro no va a cubrirlo, te lo mencionó Adalberto, tu guarura con formación en el Mossad.

-Se va a encabronar mi papá, le respondiste. De seguro va a tratar de internarme otra vez en la clínica. No soporto otra rehab.

La llamada en la extensión del cuarto. Respondió Adalberto. – Es su mamá patrón-

Ella lloraba rendida. Desde niño te conocieron como el león, por el cabello rubio y los gestos felinos de los ojos.

-Mamá, ya no puedo más, respondiste. Si te sirve de algo, como en muchas otras ocasiones, voy a cambiar. Solo no le digas nada a papá del auto. Fue la última idiotez de la vida.

-Ojalá hayas entendido como te protegió la Virgen, encomienda tu alma y cuerpo a ella, vas a encontrar mucha paz.

Lloraste del otro lado de la línea telefónica. Treinta y cinco años de excesos. De rumba por todas partes del mundo. El matrimonio con Patricia se fue a la mierda desde el segundo mes.

Procrearon como obligación. Hasta el momento en donde se esfumó cada una de las nubes de la paciencia. Los apellidos de ambos se desenlazaron en un acuerdo beneficioso para ella.

Te reventaste las siguientes tres vidas de tu felina existencia. Pusiste la máscara para las cosas feas. Eludir el trabajo o participar en el consejo directivo de cada una de las añejas empresas de la familia.

Cerveza, cartón, corcholatas, vidrios, de todo la familia es fundadora y con participación accionaria. Ingresos vitalicios asegurados por lo menos en diez generaciones.

En tus debruces conociste a Sabrina, divorciada del mismo nivel al tuyo. La amachinaste con los viajes en helicóptero para ir de compras a San Antonio. Hablaron mil veces de tener un hijo en común.

Compraron un cachorro de Husky y un gato egipcio. Ambos con permiso de importación desde sus países de origen.

La noche del enojo ella te pidió darse un break. Soy un hombre de 59 años no un chamaco. Esnifar es tu deporte favorito. El tigre ruge y todos tiemblan. El zarpazo del Ferrari contra la caseta de la policía te dejó inconsciente.

Sabrina gruñó de tu pendejada. A ver si aprende pronto a ser un hombre.

Te dieron de alta y te permitieron salir del Hospital Zambrano Hellion. La salud no tiene precio.

Adalberto te llevó en silla de ruedas por el sótano del estacionamiento alterno. Las luces apagadas y al fondo las luces de un Ferrari nuevo. Regalo de tu mamá, para no permitir un regaño más de tu padre.

La vida es justa. Ojalá Sabrina me extrañe. Al retirar el collarín, dentro del Ferrari, el motor rugió.

-Tiene el tanque lleno, mencionó Adalberto. Usted me dice para donde, les indico a los de la avanzada. Vamos a dar el rol hasta el atirantado. Luego, a Ritual a comenzar una serie de tatoos de animales y motivos orientales de meditación espiritual. Es hora de cambiar. A nadar contra corriente, como el salmón. Vamos a rescatar el tiempo perdido.

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Todo casual. Reunión petit comité. Temática de los años 80.

Flecos dominados con acuanet. Desafiando la fuerza de gravedad. Blue jeans Levis y camisas Aca Joe arregladas en las mangas hacia arriba. Relojes Swatch transparentes y Top Siders multicolores.

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El sol mata a los seres nocturnos. Soy uno de ellos. A las diez de la mañana abro las puertas del bar. En el relumbrón quedo ciego. No me lo platicaron. No tuve necesidad de pagar.

Ahí estaba ella. Recostada encima de la mesa. Tendida de lado. Con una cerveza a medio consumir. Ya debe estar al tiempo.

Entran y salen los cargadores de la Cervecería Cuauhtémoc. Van surtiendo el camión. Cada dos días hacen la misma maniobra.

Ella sigue dormida. Ni el ruido de las cajas con los envases golpeando los diablitos la molesta.

La veo al cruzar frente a ella. Es bella, mi flor del pantano reposa en la charca negra de una ciudad sin futuro. La acaricio con la mirada.

Abraza el morral de sus pertenencias. Anoche me ofreció unas pastillas para pasarla bien. En las comisuras de los labios una pasta blanca de saliva. Le invité el caguamón de Carta Blanca.

Fue a la barra como lo hago yo ahora. Le dio el trago hasta el fondo. La vació en uno solo. Perdida la brújula mas no el encanto.

¡Invítame otra por favor! El billete de cincuenta pesos, de todo el capital para esa velada. Otro trago, más no tan sedienta.

Eres un cabrón a toda madre. Me pasó la Carta Blanca. Tuve la precaución de pasarle la mano por el cuello de la botella.

No seas culo, me dijo. Chúpale hasta el fondo. Lo hice obediente.

Ella es bella por la noche y de día. Hasta cuando sacó el eructo de sus pulmones y del estómago.

Se paró de la mesa corriendo hasta el sanitario.

Los trabajadores terminaron de descargar el camión de la Cervecería Cuauhtémoc en el Betos Bar.

Ella volvió a su refugio sobre la mesa. Le dio el trago largo y pausado a la cerveza y durmió celestial. Soñando con otras pastillas blancas, amarillas y naranjas, para alcanzar la felicidad.

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Avanzan a contra flujo. Despatarrada duerme la infante en el carro rosa con un improvisado cubre sol. Le llevan de paseo. Al medio día el trajín de la supervivencia. En el centro de Monterrey la basura es oro. Los desperdicios de algunos son diamantes en bruto.

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Todos los días al despertar me da los buenos días. Ándale chamaco ya se te hizo tarde para ir a la escuela. No puedes ser huevón o te ajusticio. Luego averiguamos. Desayuno a las carreras el licuado de chocolate.

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Abro los ojos. Los cierro. Abro los ojos y estoy en una sala de estar. Los cierro. Abro los ojos y en la sala de estar me acompañan. Los cierro. Abro los ojos y me acompañan y estamos hablando de literatura. Los cierro. Abro los ojos y estamos hablando de literatura y llevo puesta la camisa de fuerza. Los cierro.

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Anda todo crico.

No reconoce a nadie. Así se pierde por días. Luego llega como si nada. Patea con insistencia la puerta de metal. Da traspiés. Pide le sirva de comer. Ni madres. Primero métase a bañar. Echa la ropa para afuera. No sirve para nada.

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