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Thor en el Morrison.

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Despúntame el cabello. No aguanto más el frezee. Además está saliendo la terrible orzuela en las puntas, dame una retocada en los rayos, devuélvele cuerpo y vida a este organismo marchito.

 

En el mens spa ya conocen bien la forma de mi cabeza. Nirvana, mi personal hairstyle, es la única autorizada en meter la selecta tijera dorada, o desenmarañar con máquina, a dar tratamientos correctivos de chocolate, de rebajar la barba, crear una imagen irreal desalineada, de tres días sin afeitar.

Cuando vives del físico no escatimas en gastos. Es la mejor inversión, siempre presentable el compromiso consigo mismo.

Guardar la línea, consumir alimentos sanos, muchas horas en el gimnasio jalando fierro, sudando la gota gorda.

Todas las noches de viernes, después de las dos de la mañana, paso por mi chica al Viñedos, su trabajo de hostess, anfitriona de los hijos de papi, para divertirnos en el Morrison. Nada como escuchar rock en la madrugada, beber con los amigos y cómplices.

Para el gerente del antro, tenerme entre sus clientes frecuentes le ha dado resultado todo un suceso. Le sube el estatus de categoría a su negocio. Desde el momento de estacionar al frente mi Harley Davison con cuernos de búfalo incrustados en el frente, aun este tocando el grupo más prendido y furioso, reconocen el sonido del escape de mi alma de acero.

Despejan a quienes ocupen mi mesa, les reasignan una y les ofrecen cortesías. Al centro del escenario, en la zona del lounge, colocan la botella de whisky, las aguas minerales y la bebida energizante.

Poco interesa el frío o el calor, con mi chamarra de piel larga, llegando hasta el suelo, la coloco en el perchero. Con mi camisa sin mangas de Mötley Crüe, los bíceps, el ancho de mi cuello de toro, los pantalones ajustados con calzador, las botas altas de diseñador con punteras de metal. Soy el reflejo de una nueva cultura, la voz de los invisibles.

El tatuaje de serpiente descendiendo por el cuello. Aroma a maderas la loción de mi cuerpo trabajado. Nada de desodorantes de tiendas de autoservicio o imitaciones de la calle Morelos.

Lo auténtico no lleva precio y se escribe con mi nombre y apellido. Entiendo a los machos alfas lomos plateados dirigiendo su manada. Dominamos la escena con pulcritud. Analizamos desde el trono cada uno de los espacios en disputa. De nuestra mirada nada escapa. Ni el más insignificante detalle. Un escote pronunciado, unas largas piernas de lluvia, una cadenciosa cadera rumbeando en celo.

A los conspiradores, todos aquellos detractores, los barremos con el demoledor silencio. Digan misa perros. Ellas comen de mi mano. Se los firmo donde quieran. A la hora que gusten paso a darles cátedra sobre cómo tratar a las mujeres. En un mundo de simulación, ellas buscan quien les diga cómo hacer las cosas. No les pregunte sin quieren, sino imponerles los criterios. Nada de medias tintas o consecuentarles. Robarles la paz a base de caricias.

En la constelación de superhéroes citadinos llevo la ventaja plena. Lo percibo en cada situación dentro del Morrison.

Are you breaking the law?, dice el mi compa, el vocalista de la banda tributo a Judas Priest. Enloquezco haciendo headbanger con el rif manipulador de la guitarra, brinco sobre el los sillones, el mundo se estremece sin control.

 A cada trago de la bebida, las sonrisas de ellas son el combustible inflamable incendiando mi cerebro. Levantan sus litros por encima de sus cabezas, lo ofrecen virginales a los dioses en el Valhalla rockero.

Al pasar al sanitario, mientras mi chica con su traje de licra me espera en la mesa, recelosa de quienes intentan deslizarse, le lanzo un beso por encima de todos los asistentes.

Ellas tropiezan ficticias. Deslizan las servilletas con sus números celulares. Me halagan en demasía.

La promiscuidad debilita los sentidos. No me dejo llevar por mis impulsos. Volverse accesible y desinteresado. Aprovechar las horas de salir en pantalla. Firmar sus playeras o tomarse selfies. Sería irresponsable no condescender con quienes alimentan el espíritu.

Pelado mamón y afrentoso, he escuchado sus voces en el pasillo, se cree mucho por estar muy bueno. Lo hemos visto en la televisión en el programa de las noches del futbol y con una banda donde disque toca el bajo.

Las desecho con el látigo del rechazo. Voy cruzando por entre el retacado pasillo. Esquivando las volutas de tabaco, los decibles de las mejores notas del metal inglés.

En el mingitorio mientras la orina juguetea con los hielos, la travesura divertida derritiéndolos. El vapor del poderoso chorro describiendo una parábola. Disolviendo con el ácido úrico, el elemento químico del agua.

Esta es la síntesis de vida, con todas sus altas y sus bajas. Con sus aristas y recovecos inverosímiles. Como elegí jugarla solo me compete a mí. Sin justificar o menospreciar. Libre y franco, como el personaje azulado murmurando en el hemisferio izquierdo, dictando sus inflexibles reglas en los oídos.

Last modified onViernes, 19 Enero 2018 17:13
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