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La batuta estéril de los desinteresados.

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Para Armando “Palomas” Jiménez.

La luz cenital de los artistas originales se tambalea. A la multiplicación de los conjuntos tributos el encuentro inverosímil. Quien asiste valida el pecado venial del impostado fundamento melómano.

 

Se apagan las luces y emergen arbitrarias las sombras en el tinglado. La felicidad es la costumbre no dañada. La naturaleza de los deseos etílicos propone la analítica determinación de la mirada disuelta en la furia.

La cura al fenómeno de los tributos, la declaratoria fundada del círculo vicioso. No tiene la culpa quien ostenta el despilfarro: los organiza, promociona y cobra las entradas, sino aquellos circunscriptos ingenuos, del fenómeno arbitrario.

El énfasis dispensador de los tributos es devaluación oscilante de los artistas originales. Autoelogio en los aplausos. ¿A quién celebran? La ideología del regocijo de los espectadores, éxtasis incurable de las habilidades interpretativas.

La sumisión supera al vértigo. En el escenario, la nación envilecida del cinismo. Los músicos, profesionales de la institucionalidad del misterio a contratiempo, contabilizan los homenajes personales en la forma de colgarse el bajo, destrozar la guitarra, apañar los tambores, alentar los teclados y murmurar desde el eco, sus voces moribundas.

Las versiones modificadas, el sincopado con derecho a perseguir las notas originales en fuga.

La misma industria del espectáculo amateur, reduce el pedestal de los intocables. Les da lo mismo la curaduría del evento: rock inglés, americano, en español y movimiento rupestre. Con tal de conservar el fervor desbocado, con el consumo alterado de la barra de bebidas.

Hueseros somos y en el hueso nos convertiremos.

Apenas termino el horario de clases en la facultad de Biología, me escondo en el auto con mi pareja. Fajamos un rato. Le escribo las frases de mis canciones en su cuello, sobre su Om. Conversamos mientras escuchamos el EP de mi banda. Cuando los guardias, los cagones de seguridad nos interrumpen, descendemos y la acompaño al camión.

De regreso, prendo el carro. A darle al Uber. Toda la tarde, hasta la madrugada. Solo cargo gasolina y paso por un subway. Esa es mi cena. La promoción del día.

No parar. Como los estudios y la banda donde hueseo todos los fines de semana. Nos andan taloneando los dueños de los antros del barrio antiguo. Ya no les interesan las propuestas nuevas. Están deteniendo las oportunidades frescas. Los artistas emergentes. ¿Te imaginas si al Gran Silencio, al Control Machete o a Plastilina Mosh les hubieran pedido tocar puros covers?

Se habría jodido toda la avanzada regia. Jamás hubieran sonado más allá del temerario Topo Chico, del clásico Mitras Centro o del fresoide Centrito en San Pedro.

Quieren puros covers los dueños y los gerentes, les llaman ahora tributos. Una forma de abaratar los shows, de atraer clientes después de los años de rabia: La ola inglesa contra el rock americano. Metallica contra Iron Maiden. Green Day peleando contra Sex Pistols. Son mamadas. Cada uno tiene su público. Merece respeto.

Cualquier cabrón, con poco de oído, puede sacar los acordes de Stairway to heaven, pero tocarla como Jimmy Page o hacer los falsetes a la manera de Robert Plant, se necesitan muchos huevos. No es nomas subirse al escenario. Bailotear moviendo la cabeza, el cabello largo teñido de rubio o contonear la cadera con la melodía. Es ensayar el desenvolvimiento artístico integral. Conocer la trayectoria desde los años oscuros. Respetar a los grandes es como seguir los diez mandamientos.

No pisotearas el estilo de Queen ni Freddie Mercury. No permitirás macula sobre el nombre de Jim Morrison o The Doors. Honraras los padres fundadores de Elvis Prestley y Michael Jackson. No desearas la guitarra de Robert Jhonson o Jimmy Hendrix. A Jannis Joplin y Amy Winehouse les admirarás por sus voces no por sus físicos.

Ese debería ser el entendido en los bares de moda. Mucho antes de contratar. A veces ni te cubren lo prometido. Te cobran el consumo. Sales poniendo por trabajar.

Eso sí, todos bien pedos y el cajero, con su barriga, repleta de billetes. Mientras los cabrones de tránsito, afuera del barrio, con los colmillos afilados les van dando vajilla a la lana con las gruas.

Por eso no bebo. Después de la tocada, de darle en el barrio, ya cargada la guitarra en la cajuela, prendo la aplicación del uber. Los llevo a seguir la fiesta en San Pedro. Donde cierran más dos horas más tarde.

A los calientes y quieren seguir en el desmadre, los llevo a los taibols cutres de la calzada Madero, al Matehuala de chichonas y cesáreas, al Chocolate de morras oliendo a pipí o al Harem de los malandros. Para rematar su noche de tributos.

Last modified onViernes, 19 Enero 2018 17:14
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