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La objeción del círculo

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Tírame paro le dije al bato de R.H. Dame esquina. No me dejes abajo. Ya tengo armada la noche. Voy a ir a bailar a la Pantalla, a escuchar a los macizos de Los Vallenatos de la Cumbia. Nada puede oscurecer los presagios de la felicidad.

 

Te cambio el día de descanso. Te doblo el turno. A los cincuenta de edad no se pierde el tiempo ni se juega con los sentimientos. Apalabre a Fabiola la caderona. Está centrada conmigo. Nos vamos a ir por ahí, después de bailar, a apagar la sal de nuestras bocas.

Ya me vi batiendo el bote, moviendo el esqueleto. Sacando brillo al mosaico. Entre trago y trago, deslizar la mano por la cintura. Ir subiendo la temperatura. El centro del universo en la pista. Actuar sin mascaras. El juicio de los esperanzados.

Por eso te digo, dame champú de cariño. Quiébrame los turnos cuando quieras, no tendré objeción. Sin fallas de ninguna forma. Seré tu perro fiel. Iré por las sodas a la tienda o por los tacos de vapor. Te diré quiénes son los grillos de los compañeros. Andaré de peine.

El infiltrado entre los pasillos ruinosos de la empresa de seguridad, la rata rumiante entre los pares, el fantasma de ultratumba. El incondicional desesperado. Sin esperar nada a cambio. Solo la noche libre del viernes.

Fabiola la caderona lleva en su espalda el tatuaje en negro de la Santa Muerte. En el cuello sus cadenas tejidas de plata y el colguije con la silueta de su hijo. Viste vestidos entallados. Apretados, de silueta reducida. Resalta el contorno de la cadera. Lo escotado de los pechos, glorifica la cumbre del sostén.

Imposible no clavar la mirada al pasar a tu lado. Frutos suculentos en el árbol de la imaginación. Honda herida nuestra canción de cabecera. La programé de timbre en el celular.

La alquilo para soñar, le digo al oído. Se pone de puntas en sus zapatos de plataforma. Deja a sus amigas y compañeras aburridas, fastidiadas, en las sillas pegadas a la barra.

Ya llegó mi hombre, ahí se ven zorras envidiosas, hijas de la luna amarga, voy a gozar de la vida con mi futuro marido. Lleva su bolsa y el vaso de hielo seco con la michelada preparada.

La conduzco de la mano hasta nuestra mesa. Conmigo no le falta nada. Le doy la vida de reina, como se lo merece. Por lo menos una noche a la semana. Nada de privaciones o angustias. Los poquiteros son mezquinos.

Cuelgo la camisola del trabajo en el respaldo de la silla. Repaso los cabellos de la cabeza y distribuyo el bigote con el peine negro. Se queda fijo, inamovible. Lo repaso con la lengua. Nadie toca las pertenencias. Me respetan los gañanes y pancheros. En los sanitarios franquean el paso. Encienden el cigarro. Les doy su propina.

Tienen ley, incluso las otras bailadoras con talento nato para la substracción de pertenencias. Territorio vedado, embajada de voluntad infranqueable.

Bailar a la pareja. Trenzar el cuerpo en cadencia rimbombante. Quienes solo se dejan hacer, le dan mal nombre al acto sublime de la melodía. Ponchar el alma. Deslucir la zancada.

Calibro con la mirada de Fabiola. Sin palabra pide corto, largo y vuelta. Paseíllo, faena  y lanzarse a matar. La convido a seguir lo indefinido. El destino de desafiar la gravedad. Revolucionamos la melodía. Enemigos íntimos sin precio.

Nos hemos dado picoretos en la boca.  Fugaces. Sin pasar saliva.

Fabiola prefiere los hombres determinados, se los lleva a su cama en Fomerrey 1, a gozar sonriendo con las manchas de sus almas, de un mundo viniendo abajo. Los de mala fama, los culeros golpeadores, los ciudadanos de la vida en el filo del límite, quienes no bajan la guardia en las adversidades.

Aun presa de sus delimitadas pertenencias, sueña con los archivos del canto vallenato. De un retiro imaginario. Sin la cruda economía. De una verdad mendigante. Trabajando en la vejez, como lo hizo de niña, en las cajas del centro comercial, empacando las pertenencias de otros, recibiendo las monedad como dadiva.

No te voy a distraer mucho. Tírame paro, le digo en el pasillo de la empresa. Lo arrincono frente al reloj checador, mientras recoge las tarjetas. Tú eres camarada. Raza de sol y de bronce. Puedes ponerte en mi lugar, calzar los zapatos de este hombre desesperado y leal.

Me repasa de arriba abajo. Olfatea determinado de juez de barandilla, detector de restos etílicos inexistentes. El orden cósmico del uniforme: los zapatos lustrados, el pantalón planchado, el cinturón ajustado a la cintura, la camisa sin manchas o marcas de uso indiscriminado.

Ramírez, ya te lo he dicho mil veces, son decisiones, políticas inescrutables de la empresa. Soy solo un simple alfil. Un auxiliar de la casualidad. Aplico las sanciones, justifico las inasistencias, procuro ser justo.

Voy a pensar cómo te ayudo. Por cierto, estas pendiente con cubrir lo de la tanda. No olvides, dando y dando, dando y dando repite. Los pájaros pueden volar afuera de la jaula. Comer del alpiste de los desocupados. En el paro.

  

Last modified onMiércoles, 28 Febrero 2018 14:21
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