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El vaivén

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Deliras.

En la mesa despostillada del bar La Herradura en Monterrey, tu color oscuro de piel rugosa y la ropa deshilachada te delata. La mirada extraviada, pastosa, cansada del trajín y de la cerveza extragrande a medio consumir.

 

Mal comes, apenas duermes en las inmediaciones del Mesón Estrella, en el estacionamiento abandonado con aroma de orina y excremento sobre el cascajo. Compartes domicilio conocido con las alimañas. Las escuchas aparearse ansiosas, pelear por la supervivencia y cruzar por entre el tendido. Llevan en sus hocicos la merma, el alimento descompuesto de las bodegas de abastos.

El delirium tremens hace sombra y te acompaña. De menos echas tu pueblo en las inmediaciones serranas de Nicaragua. Recuerdas las predicas revolucionarias y del cristianismo comunista, del católico fangoso y desencantado.

Saliste por hambre, en la sinrazón de unas manos fraguadas en el campo, en la vergüenza del sin futuro.

Me largo al norte les dijiste a tus pocos amigos, mientras bebían aguardiente, celebrando el fin del año, del mundo viejo. Voy a comenzar una nueva vida. Se despidieron de ti como quien va al matadero. Tumbado en el patíbulo subiste al autobús fronterizo.

Adentrarse en la jungla del futuro. Son miles los desaparecidos apenas al cruzar el Usumacinta. Los de la misma frase y hastío. De quienes se les perdió el alma y brújula. Asaltados, golpeados, macheteados, violados, ahogados y muertos, en las inmediaciones de la selva. Los huesos enmohecidos y las ropas olvidadas.

En los separos del Instituto Nacional de Migración conocieron la vileza humana. La poca solidaridad con los desposeídos. El cinismo y la burla de los agentes investigadores. Las palizas a media noche. La amenaza latente de deportación. Las extorsiones y el alimento descompuesto para los ingresados.

Párate maricón, puto negro, aquí vas a amar a Dios en tierra de indios. Apestas a pueblo, a los jodidos los desayunamos todos los días con cereal y plomo.

Te apresaron y llevaron como a todos, con cinchos en las muñecas. En medio del patio abrieron la manguera. Les arrojaron el detergente y les forzaron a correr haciendo espuma, abriendo el culo, mostrándolo a quienes reían como hienas.

Caes en el recuerdo de la angustia mientras le das un trago a la cerveza. Una grieta enorme se abre en tu pecho. Sofocas la eternidad de los pensamientos hasta el límite.

Una semana después te soltaron, escépticos de tu resistencia a permanecer de pie y en silencio. Inmutable. El dolor ancestral.

La pesquisa para retomar el rumbo a los Estados Unidos. A comer tres veces al día caliente. Dormir en colchón de agua. En ronco ronronear del auto deportivo en tu cochera. The american way of life. Tan desdibujado en el mar de la amargura centroamericana.

Detestas la herencia de tus padres en la soledad del camino. Imposible borrar las huellas. El eslabón de la embarcación africana naufragante en las costas, en las Islas del Maíz.

Las paredes ocres de la memoria viajan enloquecidas. Te ofrecen las meseras un cigarro nuevo. Lo observas nebuloso. Apañaste cartón, botellas de vidrio y latas de aluminio. Pasaste el mecate y lo echaste en el espinazo hasta el puesto de compra por kilo. Lo hiciste muchas veces con la leña, en medio del monte, para llevar a la cocina de la casa natal.

Dos veces te han largado de tu sueño, expulsado en medio de la nada.

La primera en las curvas íntimas de la mujer ajena, de tu hermano mayor viviendo en North Carolina, su rezagada necesitada de varón: labios por besar, brazos tardíos para el amor.

La última, en el valle del sol en Arizona, donde te descubrió la border patrol escondido debajo de un sahuaro, medio muerto de sed. Te apuntaron con el arma de cargo.

En un español mocho, chicano, el oficial amputó tu sueño. No te muevas, inmigrante. Estas detenido por entrar como ilegal a los Estados Unidos de América.

Del bolsillo sacó las esposas. Las deslizó apretando, inmovilizó tus brazos fatigados. Vestido de rosa, con pantaletas de mujer, te presentaron con el juez. Profetizaron la condena de varios años si no firmabas la deportación voluntaria. Consumirte en medio de las tiendas de acampar, en el desierto de Arizona. Con el calor atronador en el día, el gélido desamparo por las noches, donde el sonido de los coyotes en su cacería confiscan sus presas.

Aceptaste el libro abierto del destierro lateral. En Reynosa estuviste de testigo de tres tiroteos. Pucha, pensaste, al ver la ejecución sumaria de los heridos, en manos de los marinos.

De aventón llegaste a Monterrey. Aquí me quedo unas semanas, dijiste al trailero. Voy a ganarme unos cuantos pesos para regresar a la frontera. Confiado en la bondad te equivocaste otra vez. Descubriste una ciudad gris, necia y llena de basura. Apresurada, febril y enloquecida. En el invisible trashumante, sin dueño para tus pies encallecidos, te convertiste en un fantasma anárquico, sin patria ni dios. 

Last modified onMiércoles, 28 Febrero 2018 14:28
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