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La mansión de los bienaventurados.

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Ladran los perros de la cochera con el golpe del paquete envuelto en celofán.

 

Uno. Dos. Estas dormida. Tres. Cuatro. Te duelen todas las articulaciones. Cinco. Seis. Piensas en ir a la alberca olímpica en el club donde te inscribieron como socia tus hijos. Siete. Ocho. Evitando la rancia lengua de los años.

Amortiguar las dolencias. Liberar cada una de tus incapacidades. Quien conozca el recuento de los leucocitos estará en paz.

Abres la puerta principal. Recoges el periódico impreso. Lo sacudes del polvo y le retiras la liga. Observas la nota principal. Incautan los bienes personales del gobernador del estado.

Nada nuevo, piensas. El mundo irracional sigue girando. Te preocupa encontrar la información interior.

Por veinte años has seguido todas las esquelas publicadas. Las lees mientras van consumiendo el primer café de la mañana. Tu marido se ducha. Escuchas las noticias en la XEFB, como cuando enviabas al colegio a tus hijos.

Te preparas el desayuno, destapas el pastillero, la combinación de las medicinas por colores y por días. El aroma de la infusión se expande en la cocina y la parte baja de la residencia.

Aun ahora, la tranquilidad del barrio se palpa. Escasos los autos en movimiento. Sirves en la taza el café cargado, sin azúcar y sin leche. Le das el trago mientras el vapor humedece los anteojos bifocales.

Descubres en las esquelas, de alto calado en la sociedad regiomontana, tan bien avenida, averiguada e inmaculada. Casi media página, comparada con las ofertas del día de los supermercados, las frutas y verduras de la media semana.

Elegir el obituario adecuado refleja buen gusto y coincidencia critica. Nada improvisado. Toda una inversión a posteridad. El capítulo final a una novela televisada.

Abres los ojos en éxtasis. Te sorprende un anuncio inesperado.

El nacimiento a la vida eterna, en la mansión de los bienaventurados, de Candy. Lo participan sus siete hijos con sus esposas, incluyendo a Clara con Lucero, la más descarriada y extrovertida, rubia exuberante con hermosos ojos azules como su abuelo. Fotógrafa y mecenas de poetas, amante de mujeres y desencantada de varones, como su primer y único marido.

Recordaste la redada en la disco Arkanos. Las fotografías de los reporteros. El cabezal del Sol con el rostro de todos aquellos sorprendidos en la disco gay. Los horrorizó todos aquellos hombres afeminados y todas aquellas tomboys, la forma tan nice para describir a las lesbianas.

Tanto impacto causó en las socias del club Campestre y del conquián en el Casino del Valle. Le retuvieron y congelaron sus acciones, sujetas a la determinación de administración. De amonestación pública y exorcismo. Nos reservamos el derecho de admisión y de permitir ingreso a las instalaciones.

Una verdadera pena, piensas. Se fue sin ver a su yerno convertirse en Gobernador Constitucional. Estuvo solo como interino. Menos de un año.

Anotas en los pendientes del día, para cuando lleguen los del servicio domestico y del mozo, enviar la corona de tulipanes, tu flor preferida, el sello de la familia, a las capillas ardientes. Demostrar afinidad, por lo menos en los momentos más negros, en la clausura del árbol familiar. La dispensa y la solidaridad en los momentos de dolor.

Se han adelantado muchos de los capitanes de empresa. Quienes dieron brillo a los apellidos. Ampliado las fortunas de los negocios y de las avenidas en San Pedro. Convirtieron la provincia en capital, del dinero y de las inversiones de todo México. Jamás volvieron a ver Nuevo León como un estado desértico.

La frase de los barbaros del norte te gusta muchísimo. Rememoras las tardes en la Quinta Calderón, mientras la canícula se expandía en el valle.

Te imaginas como los forajidos, con su ropa texana, la camisa a cuadros, el sombrero Arizona, la mascada Chanel al cuello, las botas de piel áspera, en sus camionetas con blindaje cinco, circulando por Vasconcelos.

Le das otro trago al café. Escuchas a tu marido buscar en los armarios su traje sastre. Maldice de forma habitual. Se queja del planchado de sus pantalones. Del lustre de sus zapatos italianos. La pelusa en su sombrero panameño.

Por el interfon le comentas a Eugenio del deceso de Candy. La estática te dicta la soledad de la respuesta.

Continúas leyendo los obituarios. Encuentras seis más. Algunos empleados menores, asociados a empresas del rumbo, un académico con simpatía por el humanismo.

Levantas la mirada hacia el jardín. Piensas si alguien tendrá en cuenta tu ausencia física. ¿Sufrirás mucho la agonía? ¿Será mientras duermes el deceso? ¿Quién de tus hijos dará el discurso de despedida? ¿lloraran con desconsuelo? ¿Quién de tus nueras o yernos será franco? ¿recordaran con asomo tus nietos los consejos? ¿les proveerán tus vestidos a las empleadas domésticas o lo donarán a la caridad?

En las islas Mamanuca, tus cenizas esparcidas por el viento, esa es tú última voluntad, Fiji, a las orillas del mar.

Arrastrada la memoria por las olas, el sol y el aroma a libertad. De una vida familiar castrada, por los caprichos de tus industriales padres y apropiadas por las desaventuras financieras, de tu aterrador, cínico y despótico marido.

Last modified onMiércoles, 14 Marzo 2018 10:37
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