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Helpless.

 

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Toda la pista está muerta. Te lo estoy diciendo desde temprano y ya van a dar las diez de la noche. Vamos del Joker al Vencedor, solo necesitamos caminar unos cuantos pasos.

A buscar clientes. Esta muy baja la raya. Ni para andar perdiendo el tiempo. Tengo un montón de cuentas por pagar. El agua ya me llega a los aparejos. Ni para llevar algo para tragar a mis siete güercos. Mis ex se han desentendido de sus obligaciones.

Esta flojísima la semana. Los músicos hacen su mejor esfuerzo desde el escenario, le imprimen mucho ritmo y sabrosura. Cositas. Apenas alcanzan los micrófonos de lo chavillos. No se dejan apañar ante la falta de talento.

Ofrecen el repertorio variado. Las canciones de época, del tino en el corazón.

Las meseras llevan el trago hasta la mesa, andan para arriba y abajo, hasta la barra, le piden al talachero las caguamas o los botes. Pagan con su dinero y luego recuperan con la propina. Así se mueven a destajo. Sin sueldo fijo.

Antes oficiaban como bailadoras, los años les cansaron las corvas y les exterminaron las articulaciones. Cuando entras el círculo del vicio no puedes salirte tan fácil. Tampoco la habrían logrado alivianarse en una maquiladora. En horarios quebrados y rotativos todas las semanas.

Sobran morros de seguridad con sus playeras desteñidas. Son perros oliendo en los sanitarios. En caza de la contra. Si te metes al baño, al privado, se asoman por debajo de la cortina. Si te encuentran con mercancía, la checan el empaque ziploc, si es de otro color distinto, les llaman a los comandantes y te sacan por el privado con destino incierto.

Vamos por unos tacos de bistec en el carrito de la esquina. Te valga madre si son de perro sarnoso, burro en primavera, gato sin vidas o de caballo galopante. Ya siento un hueco enorme. Gruñen las tripas. Parece manifestación del frente popular Tierra y Libertad celebrando el dos de octubre en la Macroplaza.

Los pedimos fiados, nos los comemos ahí paradas. El don nos tiene ley. ¿Cómo le va morena, como has estado güerita? Ya nos conoce. No te chivees, vergüenza es robar y te pesquen a la salida de Merco.

De faldera en colegio civil con puras novedades fabricadas en China. Amachina las servilletas. Pásame varias. Úsalas y déjalas caer en la banqueta. Aquí las barren los de servicios públicos por la mañana.

Nada de compara al sabor de la salsa recién hecha. Se te baja la peda. Las salas campanas. Picando hoy y repicando mañana.

Ya con algo en la barriga cambiamos la actitud. Nada de caras ruinas. El aire lavado, el clima artificial, el tabaco oxidado, los deficientes desagües en los sanitarios.

Nos siguen pagando la pieza a diez, idéntico a cuando fichábamos en el Sabino Gordo o en el Internacional. Sin cambio. Solo la llegada de las nuevas, quienes piensan en ganarse fortunas, hacerse millonarias de la noche a la mañana. Encontrar un buen hombre, quien las redima y las lleve a conocer mundo en sus camiones de volteo, como operadores de quinta rueda.

Nada de eso sucede en realidad. En los salones de baile no existe la historia de la plebeya convertida en princesa.

Sin llegar a la mayoría de edad aparecen en la ciudad. Sus cabellos largos, sus ropas zurcidas hasta el cansancio. Se bajan en la central de autobuses. Deslumbradas por el tráfico, los taxis ladrones, los camiones urbanos, los automóviles particulares. Las reciben el oleaje humano y las humaredas de los escapes motrices.

En sus pueblos fantasmas mal comen dos veces al día, la dieta elemental del programa Progresa. Les espera, sin bien les va, casarse con un campesino ignorante igual a ellas. Cargarse de hijos y aguardar las grandes lluvias. O irse de mojada la familia al otro lado, a tratar de encontrar suerte.

La geografía de la desesperanza colocó a Monterrey en la antesala al infierno. Aquí se logran los negocios formidables. Se amansan las fortunas groseras. Aquí se pierde el orgullo y se come partículas suspendidas de imecas por la mañana.

Observa las nuevas edificaciones en lo alto de los cerros. Torres con miles de departamentos. De cristales ahumados. Imposible asomarse hacia dentro. Ellos nos pueden examinar sin el menor dolor o recato.

La vieja colonia Independencia, sus extremos, la tumultuosa Sierra Ventana, La Campana cholombia, la Revolución Proletaria, la Canteras, les han ido retirando la costra gris.

Sus callejones caramelizados, de vivos colores pagados por la municipalidad, donde corre la sangre todos los días, el plomo volatil y las viejas rencillas. Las cuentas por cobrar entre los vecinos, el pago de cuota por la paz y de quienes trabajan en sus narcotienditas.

Sientes como si te estuvieras metiendo en el barrio de Medellín o Bogotá, de donde importaron esas ideas, pero es Monterrey, con el majestuoso cerro de la silla y una nube gris contaminante ocultándolo la mayoría del tiempo.

Y aquí de pronto, ellas se vienen a conseguir trabajo a los centros de baile. A competirnos a nosotras, las mayores de treinta años. Ofician con sus cuerpos duros, rígidos de tanta tensión. Mientras nosotras sabemos sobrevivir a las imposibilidades de cada mañana.

Luego terminan pidiendo ayuda, quebrada, para poder regresarse a sus pueblos. Ya no les gustó las mal pasadas.

Está peor se confiesan. Tampoco pudieron llegar a Reynosa o a Laredo. Si bien les va, solo les resultó una enfermedad venérea. Si mal les ocurre, ya nunca volvemos a saber de ellas.

En el Vencedor se palpa más ambiente. Están sirviendo la botana, las piezas de pollo asado a todos los parroquianos. Chingada madre, nos gastamos en tacos un dinero inexplicable. Ni pedo. Me siento defraudada, encabronada conmigo misma.

Vamos a darle una hora de límite para trabajar. Nos regresamos en camión a la colonia. De lo perdido, lo recuperado. Al mal tiempo buenas nalgas.

Como si nada. La vida sigue. Bailando. Como si nada.

Last modified onSábado, 31 Marzo 2018 15:05
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