Menu

Raphael Phenomenal

Es jueves y es una gran noche. Al Pabellón M va llegando un joven, (bueno, un joven de cuarenta años), viene tomado del brazo de una guapa mujer de unos sesenta. Él le pide a un desconocido que les tome una foto. Posan, la sube a sus redes y postea “Misión: traer a mamá al concierto de Raphael”. Para la madre es más que eso, se ha puesto sus galas porque tiene una cita secreta. Ella visitará un hermoso lugar intacto por el tiempo, un espacio del que la voz de Raphael tiene la llave para abrir, y entonces revivir el primer amor, el primer corazón roto, la primera ilusión, o el simple deleite de la juventud.

El auditorio del Pabellón M luce, como dijo mi vecina de asiento, “Magnífico”, y se refería tanto a la ubicación que eligió, como al recinto mismo que ofrece comodidad, estética y acústica. Tres pantallas en el escenario dibujan una y otra vez un luminoso ocho acostado, el símbolo de Infinitos Bailes, nombre del nuevo disco y la gira que hoy cierra Raphael en Monterrey. Al fin los músicos toman sus lugares: piano de cola, teclados, dos guitarras, un bajo, la batería y un set de percusiones armonizan un potente preludio que incrementa la expectativa, la cual rompe el barítono con el verso Esta vez sí habrá fiesta en el palacio de las caras largas que no creen en nada. La silueta del divo de Linares, de setenta y cuatro años, avanza con parsimonia y elegancia por el escenario arrancando los aplausos de los asistentes hambrientos de emociones. Por fin un spot de luz lo ilumina y sus benditos gesticulaciones quedan al descubierto, intensifica sílaba por sílaba su interpretación, su sello, no solo hay que escucharlo, hay que verlo para leerlo.

Mientras Raphael canta el verso La maldita exigencia de ser libre y no sufrir extiende las palabras, las arrastra, y multiplica sus letras, se-que-re-to, en lugar de un simple “secreto”. Raphael sigue igual de loco por cantar. Enfundado en una cazadora larga de cuero negro abre los brazos para recibir los aplausos de un público emocionado por verlo una vez más. Después de un trío de piezas de su más reciente producción, el divo advierte a la audiencia “Yo sé a qué vienen” y soltó Mi Gran Noche. Es un deleite verlo jugar con el movimiento de sus manos a la par de su voz, parece tener en la palmas un resorte que estira y encoje según la nota.

Se desviste de la cazadora negra de piel y queda con su camisa y pantalón negro para continuar con “Digan lo que digan”, una letra que reforesta el corazón de quien ve el vaso medio lleno. El público eleva los brazos para aplaudirle. Histriónico, cada canción se convierte en una obra de teatro que bien nos pone a llorar o aplaudir de felicidad. En “Volveré a nacer” arrastra las palabras con dolor de reconocer la pérdida de la juventud por cantar, pero también enfatiza cada sílaba con la determinación de prometerse de masticar lentamente cada día de su primavera en la próxima vida. Entre el público una mujer enjuga sus lágrimas y un hombre se pone de pie para aplaudir, aún cuando la interpretación continúa. Al final de esta canción, el público le confiesa su emoción y le aplaude una y otra vez esta interpretación del corazón y su vida dedicada a su público. Que si la canción es autobiográfica, ya que desde muy pequeño se dedicó a esta carrera, sería una paradoja haber perdido la juventud por dar vida a la de otros con su talento.

Cada verso va quitando capas de años, capas de recuerdos, hasta llegar a la esencia. Un hombre entre el público asiente enfático al poderoso verso Ya no hay locos como antes. Raphael, con gravedad pregunta “Se dice que los locos de ahora son los que matan en los colegios, pero eso no es estar loco, esos son exaltados, descontentos, ¿Descontentos de qué? ¿De quéeee?” Una maliciosa carcajada que eriza la piel cierra la pregunta descarnada..

Después de una hora de concierto, la peticiones del público se avientan como gritos al escenario. Él decide qué se canta. El monstruo de la balada relata que después de tanto tiempo de convivir con el público mexicano dice sentirse obligado a darnos algo nuestro. Y es así como el segundo acto lo dedica a reinventar con su voz canciones mexicanas y latinas, las cuales sonaban como si fuera por primera vez. Entre ellas Adoro de Manzanero, Fallaste Corazón de José Alfredo Jiménez, además de Gracias A La Vida de Violeta Parra, Que Nadie Sepa Mi Sufrir de Ángel Cabral y la desgarradora Volver de Alfredo Le Pera, que interpretó a un dúo con Carlos Gardel a través de una radio vieja.

La tercera parte de la noche fue dedicada a sus clásicos más esperados. Entre ellos Escándalo, en el que hizo un rap intermedio, Estar Enamorado, Yo Soy Aquel, A Mí Manera, a capela, Como Yo Te Amo, acompañado solo de piano y la cual dejó a la mitad y con un gran sabor de boca. Mi otra vecina de asiento me confesó, “He venido a sus tres últimos conciertos y siempre cierra así, nos deja picados y satisfechos”.

Después de tres horas de viaje en el tiempo, el público volvía a la realidad en la prisa por abandonar el asiento para ir a casa o al baño. Yo reflexionaba en el mote del Divo de Linares, que entre muchas cosas, su atributo no es complacer, sino dar placer a través del suyo.

A la salida vi al joven de cuarentas con su madre del brazo. Iba pensativo. Tal vez descubrió que él también visitó un lugar que no recordaba ya, un espacio intacto de miedos y preocupaciones, donde no se paga renta y no hay que levantarse temprano, y quizá haya sido una canción de Raphael quien abrió esa puerta de la infancia feliz, en la que su madre prendía el radio y sonaba el ruiseñor de Linares, Raphael.

Last modified onMiércoles, 04 Abril 2018 14:23
back to top